En la actualidad, el discurso sobre salud mental está cada vez más atravesado por la neurociencia y ciertas corrientes filosóficas simplificadas, como el estoicismo pop. Figuras mediáticas como Marian Rojas han popularizado la idea de que la clave para comprender nuestras emociones, relaciones y bienestar está en comprender nuestras hormonas y neurotransmisores. Paralelamente, el estoicismo pop, representado por autores como Rafael Santandreu con «Las gafas de la felicidad», ha ganado fuerza con mensajes de autosuperación y resiliencia que, aunque pueden tener valor, muchas veces ignoran el contexto social y estructural en el que se desarrollan los problemas de salud mental.
Neurociencia Pop y la Validación de Discursos
La neurociencia pop se ha convertido en una herramienta de validación para discursos simplificados sobre la salud mental y el comportamiento humano. Se usa para reforzar mensajes de autoayuda y superación personal, presentando el cerebro como una máquina biológica que, con los «ajustes» correctos, puede optimizarse para alcanzar la felicidad, el éxito y la estabilidad emocional. Esto ha dado lugar a una serie de afirmaciones reduccionistas como:
- «Si liberas dopamina, serás más feliz».
- «Si regulas tu cortisol, te sentirás menos ansioso».
- «El amor depende de la oxitocina».
- «El éxito y la productividad están determinados por la activación de ciertas áreas cerebrales».
Aunque los neurotransmisores y hormonas desempeñan un papel fundamental en el comportamiento humano, este tipo de discursos ignoran aspectos clave de la psicología y la sociología. La neurociencia pop tiende a presentar el cerebro como un sistema aislado, sin considerar la complejidad de la experiencia humana y su interacción con el contexto social, cultural y económico.
Uno de los grandes problemas de la neurociencia pop es que toma conocimientos científicos legítimos y los simplifica hasta convertirlos en eslóganes de autoayuda. Por ejemplo, la idea de que «hacer ejercicio genera endorfinas y te hace feliz» puede ser cierta en términos generales, pero no considera que una persona en depresión severa no tiene la misma capacidad de respuesta fisiológica ante la actividad física. Tampoco toma en cuenta que la felicidad y el bienestar dependen de múltiples factores, incluyendo las relaciones interpersonales, el acceso a recursos básicos y la calidad de vida.
Además, esta narrativa se utiliza como un arma discursiva para minimizar problemáticas estructurales. Si una persona sufre ansiedad por precariedad laboral, un divulgador de neurociencia pop podría decirle que lo que necesita es «reprogramar su cerebro», en lugar de abordar la raíz del problema: la falta de estabilidad económica y la explotación laboral.
El uso de la neurociencia para justificar discursos de autoayuda y meritocracia también genera una falsa sensación de control. Se transmite la idea de que cualquier persona puede «hackear» su cerebro para mejorar su vida, lo que puede llevar a la frustración cuando las personas no logran obtener los resultados prometidos. Este enfoque no solo ignora el contexto, sino que también culpabiliza a quienes no logran alcanzar el bienestar que se supone que deberían obtener simplemente ajustando su química cerebral.
Por otro lado, la neurociencia pop se ha infiltrado en ámbitos como la educación y la gestión empresarial, promoviendo ideas como el «neuroliderazgo» o la «neuroeducación» sin bases científicas sólidas. Muchas de estas teorías no son más que extrapolaciones simplistas de estudios neurológicos realizados en entornos controlados, que no necesariamente se traducen en la complejidad del mundo real.
En definitiva, la neurociencia pop ha servido como una herramienta de validación para discursos que reducen la experiencia humana a un conjunto de reacciones químicas y neuronales. Si bien la ciencia del cerebro es fascinante y tiene aplicaciones importantes, su mal uso en divulgación puede ser problemático, al promover soluciones individuales a problemas que requieren cambios estructurales y sociales.
El estoicismo Pop, el individualismo en su máxima potencia.
El estoicismo, en su versión original, es una filosofía que promueve la autodisciplina, la aceptación de la realidad y el control sobre las emociones. Sin embargo, en su versión pop se ha convertido en una narrativa de superación individualista que a menudo minimiza las dificultades externas que enfrentan las personas.
Autores como Rafael Santandreu han popularizado la idea de que la felicidad depende exclusivamente de nuestra actitud, transmitiendo mensajes como:
- «No sufras por lo que no puedes controlar».
- «Todo es cuestión de actitud».
- «Tu felicidad depende solo de ti».
Uno de los elementos más problemáticos del estoicismo pop es su uso de la resiliencia como una solución mágica a cualquier adversidad. Se presenta la capacidad de resistir y adaptarse al sufrimiento como una cualidad individual, sin cuestionar las estructuras que generan ese sufrimiento en primer lugar. De esta manera, la resiliencia se convierte en una carga que cada persona debe asumir, en lugar de una capacidad que debería ser apoyada por el entorno social.
Este discurso es peligroso porque:
- Promueve la idea de que las personas deben aprender a tolerar la injusticia y la precariedad en lugar de luchar por mejores condiciones de vida.
- Culpabiliza a quienes no logran «salir adelante» como si su falta de resiliencia fuera el problema, en vez de analizar las barreras sistémicas que enfrentan.
- Refuerza narrativas neoliberales donde el éxito o fracaso personal dependen únicamente de la mentalidad de cada individuo, ignorando desigualdades económicas, violencia estructural y discriminación.
Así, la resiliencia se convierte en una excusa para no abordar problemas reales. En lugar de cuestionar el mundo laboral explotador, por ejemplo, se anima a los trabajadores a «ser más resilientes» ante el estrés y la inestabilidad. En lugar de cambiar políticas que afectan la salud mental de la población, se les pide que «gestionen mejor sus emociones».gestionando bien sus emociones, sin considerar factores como desigualdad, precariedad laboral o violencia.
El Peligro del Biologicismo y el Estoicismo Pop: ¿Conductas o Contexto Primero?
Tanto el biologicismo como el estoicismo pop parten de la misma idea reduccionista de que la clave del bienestar se encuentra exclusivamente dentro del individuo, sin considerar los factores externos que modelan la experiencia humana. Desde el biologicismo, se insiste en que la felicidad y el bienestar dependen de la regulación de neurotransmisores y hormonas, como si el contexto social no tuviera un papel determinante en la formación de la identidad y la conducta. Mientras tanto, el estoicismo pop promueve la idea de que la actitud personal y la mentalidad resiliente son suficientes para afrontar cualquier adversidad, sin prestar atención a las circunstancias que generan esa adversidad en primer lugar.
El problema de estos enfoques es que individualizan los problemas de salud mental y de bienestar, trasladando toda la responsabilidad a la persona. En el caso del biologicismo, se transmite la idea de que cualquier alteración emocional se debe a un desequilibrio químico que puede corregirse con prácticas como la meditación, el ejercicio o la alimentación, sin tomar en cuenta el impacto de la precariedad económica, la discriminación o las relaciones interpersonales en el bienestar psicológico. De manera similar, el estoicismo pop refuerza la noción de que cualquier sufrimiento es una cuestión de perspectiva y que la clave para afrontarlo está en la propia voluntad de la persona para reinterpretar su realidad, en lugar de buscar soluciones estructurales o comunitarias.
Esta visión reduccionista tiene implicaciones graves. Por un lado, convierte problemas sociales en problemas individuales, lo que genera una falsa sensación de control que puede derivar en frustración cuando las estrategias propuestas no funcionan. Por otro, impide que se desarrollen políticas públicas que atiendan las verdaderas causas de la angustia emocional y la insatisfacción con la vida, dejando en manos del individuo la tarea de resolver problemas que requieren cambios colectivos. Finalmente, perpetúa la estigmatización de quienes no logran superar sus dificultades, presentándolos como personas débiles o incapaces de gestionar sus emociones de manera adecuada.
Más allá de lo que proponen estos enfoques, la realidad es que la salud mental y el bienestar son fenómenos multidimensionales que dependen de la interacción entre biología, contexto y relaciones humanas. No se puede separar la química cerebral de las experiencias de vida ni se puede exigir a una persona que «cambie su actitud» cuando enfrenta condiciones injustas o adversas. La verdadera comprensión del comportamiento humano requiere una visión holística, que no solo considere los procesos internos, sino también las estructuras externas que modelan la realidad de cada persona.
Ignorar el Contexto: La Gran Falacia del Discurso Simplificado
Uno de los principales problemas de estos discursos es que se centran en explicaciones simplistas sin considerar la complejidad del ser humano. Esto lleva a que las soluciones sean exclusivamente individuales: «Haz ejercicio para liberar endorfinas», «medita para reducir el cortisol», «piensa positivo para generar serotonina» o «simplemente acepta lo que no puedes cambiar».
Si bien estas estrategias pueden ayudar en algunos casos, no pueden desligarse de los contextos en los que vive la persona:
- Una persona en situación de precariedad económica puede experimentar altos niveles de estrés independientemente de cuánto intente «regular su cortisol» o «cambiar su mentalidad».
- Alguien en una relación abusiva puede tener niveles alterados de dopamina y oxitocina, pero eso no significa que su problema sea hormonal o de actitud, sino relacional.
- La depresión no es solo un «déficit de serotonina» ni una falta de «actitud positiva», sino una condición influenciada por múltiples factores biológicos, psicológicos y sociales.
Estrategias para Combatir estos Discursos
El primer paso para combatir estas narrativas es fomentar la alfabetización mediática y digital. La sobreexposición a contenidos de autoayuda y neurociencia simplificada hace necesario que las personas aprendan a diferenciar entre información rigurosa y estrategias de marketing disfrazadas de ciencia. Debemos analizar críticamente qué discursos consumimos y preguntarnos a quién beneficia cada mensaje.
Las redes sociales han jugado un papel crucial en la distorsión de la salud mental, promoviendo dinámicas de victimismo, indignación constante y discursos reduccionistas sobre el bienestar. La volubilidad emocional de quienes consumen contenidos en redes no solo impacta su propia estabilidad, sino que también traslada esa inestabilidad a sus relaciones de pareja y amistad. Conceptos como «personas vitamina» o «personas tóxicas» ensucian aún más el debate, reduciendo las relaciones humanas a etiquetas simplistas en lugar de fomentar la responsabilidad ética y la construcción de vínculos sólidos. Además, el uso excesivo de términos como «narcisismo» sin un análisis serio ha llevado a una banalización de problemas complejos, omitiendo la responsabilidad y la justicia en las relaciones interpersonales.
Los psicólogos tienen un papel clave en esta discusión y pueden ofrecer herramientas mucho más útiles que las simplificaciones de la neurociencia pop y el estoicismo superficial. A diferencia de lo que intentan vender estos discursos, los psicólogos que obtienen buenos resultados con sus pacientes, no solo trabajan con el individuo, sino que pueden ayudar a comprender e intervenir en los problemas desde un enfoque social. Muchos profesionales de la psicología trabajan desde perspectivas comunitarias, colectivas y relacionales, entendiendo que el bienestar no es solo una cuestión individual, sino que depende de las condiciones de vida y del entorno.
Sin embargo, este trabajo se ve constantemente deslegitimado por la narrativa dominante, que intenta reducir la psicología a un conjunto de estrategias de regulación emocional individuales, eliminando su dimensión social. Se impone la idea de que los psicólogos deberían centrarse en el control de las emociones y la resiliencia personal, en lugar de abordar problemas estructurales como la precariedad, la desigualdad y la violencia relacional. Este reduccionismo no solo limita el alcance de la psicología, sino que también perpetúa la idea de que el malestar es una cuestión individual, en lugar de un reflejo de la sociedad en la que vivimos.
Por ello, es fundamental reivindicar el papel de los psicólogos en la construcción de estrategias colectivas para el bienestar. Más allá de las herramientas clínicas, los profesionales pueden desempeñar un rol clave en el desarrollo de comunidades más sanas, en la educación sobre dinámicas de poder y en la creación de espacios donde las personas puedan encontrar apoyo sin ser patologizadas. Además, deberían ser parte activa en la denuncia de discursos simplistas que convierten el malestar en un problema de química cerebral o de actitud personal, cuando en realidad está profundamente ligado a la organización social y económica.
Frente a la narrativa de «cambia tu mentalidad y todo mejorará», los psicólogos comprometidos con una visión más amplia del bienestar abordan la importancia de construir redes de apoyo, de identificar estructuras opresivas que afectan la vida cotidiana y de fomentar herramientas de cambio tanto personales como sociales. Sin embargo, este trabajo se ve constantemente deslegitimado por la narrativa dominante, que intenta reducir la psicología a un conjunto de estrategias de regulación emocional individuales, eliminando su dimensión social. Se impone la idea de que el único enfoque válido es el que trabaja sobre la química cerebral o la actitud del individuo, dejando fuera el impacto del contexto en la salud mental.
Finalmente, no hay evidencia concluyente que demuestre que estamos atravesando una crisis de salud mental sin precedentes. Más bien, lo que estamos viviendo es una crisis de precariedad, de falta de redes comunitarias, de aislamiento y de explotación laboral. Lo que se presenta como una epidemia de ansiedad y depresión es, en gran medida, el resultado del capitalismo y de las relaciones insatisfactorias que este sistema promueve. La solución no pasa solo por mejorar la regulación emocional individual, sino por transformar el contexto en el que las personas viven y se relacionan.
Consejos para Mejorar el Bienestar: Una Perspectiva Crítica y Realista
Desde una mirada reflexiva, el bienestar no puede ser concebido como un estado de optimización personal ni como un logro estrictamente individual. Las narrativas contemporáneas, influenciadas por el biologicismo y la autoayuda simplificada, han promovido una visión reduccionista en la que el malestar se interpreta como una falla de la voluntad, de la actitud o del equilibrio químico del cerebro. Sin embargo, cualquier análisis riguroso debe reconocer que el bienestar humano es inseparable de su contexto social, económico y relacional. Comprender esto es el primer paso para aproximarse a estrategias más efectivas y realistas.
El consumo masivo de discursos sobre salud mental en redes sociales ha generado una distorsión significativa sobre qué significa realmente estar bien. La información, en su mayoría fragmentada y descontextualizada, produce efectos paradójicos: por un lado, permite que más personas tengan acceso a términos psicológicos y a la identificación de su malestar; pero por otro, fomenta interpretaciones erróneas y banalizadas de procesos complejos. La sobregeneralización de etiquetas como «persona tóxica», «energía negativa» o «trauma» diluye la profundidad del análisis y convierte el sufrimiento en un fenómeno casi exclusivamente interpersonal, ignorando sus dimensiones estructurales. La patologización de cualquier conflicto relacional como una señal de «alerta» ha impedido que se desarrolle una verdadera cultura del diálogo y la resolución de conflictos.
Las exigencias de autosuperación y productividad también han sido un factor central en la forma en que se concibe el bienestar. La obsesión por la mejora constante y el perfeccionamiento individual no solo genera ansiedad, sino que también invisibiliza las condiciones que impiden el acceso a una vida digna. La idea de que cualquier persona puede ser la «mejor versión de sí misma» sin importar el contexto en el que se desarrolla es una falacia que no reconoce las desigualdades materiales ni la importancia de las relaciones comunitarias. El discurso meritocrático refuerza la idea de que el bienestar es exclusivamente una cuestión de esfuerzo personal, desviando la atención de los factores estructurales que limitan las oportunidades de las personas. En este sentido, resulta más pertinente abordar el bienestar desde la construcción de espacios donde las personas puedan desarrollarse sin la constante presión de rendir o demostrar su valía en términos de éxito individual.
Las relaciones interpersonales, además de ser un eje fundamental en la experiencia humana, han sido reducidas en los discursos contemporáneos a categorías absolutas. El concepto de bienestar no puede estar supeditado a una visión dicotómica de las relaciones, donde las personas se clasifican de manera binaria como «vitamina» o «tóxicas». La fragilidad de los vínculos humanos en el mundo contemporáneo es, en gran medida, una consecuencia de la precarización de la vida y del debilitamiento de los lazos comunitarios. Aprender a relacionarse con otros implica asumir responsabilidades éticas, compromisos y límites claros, no solo en función de evitar el sufrimiento individual, sino también como una forma de construir relaciones más justas y sostenibles en el tiempo. Se debe fomentar la reciprocidad y la empatía, entendiendo que no siempre los conflictos implican que una de las partes deba ser descartada como «dañina».
En cuanto a la relación entre salud mental y justicia social, es fundamental repensar el lugar que ocupa la psicología en este debate. La psicoterapia, cuando es ejercida de manera rigurosa, no se limita a la regulación emocional del individuo, sino que permite un análisis más profundo de su historia, su entorno y sus posibilidades de acción. Un buen profesional de la psicología no se limita a ofrecer técnicas de afrontamiento, sino que ayuda a comprender el malestar en su complejidad, sin desligarlo de las condiciones estructurales en las que se inscribe. Sin embargo, la tendencia actual a medicalizar el sufrimiento y reducirlo a un problema de desequilibrios neuroquímicos o de resiliencia individual impide que se desarrollen enfoques más amplios y transformadores. La psicología tiene el potencial de proporcionar herramientas para la acción social, ayudando a las personas a identificar dinámicas injustas en su entorno y a desarrollar estrategias para modificar esas realidades en la medida de lo posible.
La construcción del bienestar no solo debe pensarse desde una perspectiva individual, sino como parte de una ética colectiva. La forma en que nos relacionamos con los demás, la justicia en nuestras interacciones y el compromiso con la mejora de las condiciones de vida de quienes nos rodean son aspectos que afectan directamente nuestra sensación de satisfacción y estabilidad emocional. El bienestar no debería ser entendido únicamente en términos de autorrealización, sino como un proceso de creación de condiciones de vida que permitan que todos los individuos puedan desarrollarse en plenitud sin la amenaza constante de la precarización y el aislamiento.
En este sentido, resulta necesario recuperar la importancia de los espacios comunitarios y la participación social como factores clave en la salud mental. La cultura del individualismo extremo ha erosionado los mecanismos tradicionales de apoyo mutuo y ha promovido la idea de que cada persona debe lidiar con su malestar de manera aislada. Sin embargo, la evidencia sugiere que la calidad de las relaciones interpersonales y el sentido de pertenencia a una comunidad tienen un impacto significativo en el bienestar. Promover espacios de cooperación, redes de apoyo y estructuras que favorezcan el encuentro y la colaboración puede ser una estrategia más efectiva para reducir el malestar que cualquier técnica de desarrollo personal.
El bienestar, por tanto, no puede reducirse a la ausencia de malestar, ni a la mera regulación emocional. Implica, más bien, la posibilidad de habitar un mundo con sentido, en el que las condiciones de vida no sean permanentemente hostiles y en el que las relaciones humanas puedan construirse desde la reciprocidad y el respeto. Pensar el bienestar de manera crítica nos permite alejarnos de soluciones inmediatas y reenfocar nuestra atención en la necesidad de fortalecer tanto las estructuras colectivas como las estrategias individuales que realmente contribuyan a una vida más digna y habitable. Solo desde una perspectiva amplia y socialmente comprometida puede pensarse el bienestar no como un privilegio individual, sino como un derecho que debe ser garantizado a nivel estructural.