Reflexiones sobre la Maternidad, la Tecnología y la Construcción del Conocimiento en la Era Digital

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Eva González Mariscal

Construyo proyectos digitales y exploro la intersección entre educación, psicología y derecho. Como investigadora, me interesa crear narrativas que conecten la tecnología con el pensamiento crítico y la transformación social.

He retomado la escritura en el blog. No es la primera vez. De hecho, este es al menos mi tercer intento, quizá el cuarto, el quinto o incluso el sexto si incluyo los distintos blogs profesionales en los que he trabajado. Cada uno ha sido testigo de una evolución personal e intelectual, reflejando distintas etapas de mi vida, mis preocupaciones y mis áreas de investigación.

La madresfera: un espacio de conocimiento colectivo

El blog inmediatamente anterior a este estaba centrado en la maternidad. No se trataba de un simple diario de experiencias personales, sino de un fenómeno sociocultural con implicaciones profundas. Como señala Manuel Castells, la madresfera fue mucho más que una suma de relatos individuales: constituyó una red de conocimiento y apoyo en torno a la maternidad y la crianza, en la que las mujeres compartían saberes, cuestionaban modelos tradicionales y generaban una comunidad global.

Durante un tiempo, esta red fue un espacio donde se debatían modelos de crianza, se compartía información sobre educación y salud infantil, y se construía una narrativa colectiva sobre la experiencia materna. Internet ofreció a las madres una vía para expresarse, apoyarse mutuamente y empoderarse en un entorno digital.

De creadoras a expulsadas: la apropiación del discurso

Sin embargo, como ocurre con los espacios ocupados por mujeres, el sistema reaccionó para silenciarnos. Se nos deslegitimó y redujo a la etiqueta de influencers, trivializando nuestras aportaciones y presentándonos como figuras frívolas, carentes de rigor o profundidad intelectual. Surgió un discurso que nos acusó de sobreexposición, de hablar demasiado, de exponer en exceso a nuestros hijos, mientras otros se apropiaban del conocimiento que habíamos generado.

De pronto, la maternidad y la crianza dejaron de ser asuntos sobre los que las propias madres podían reflexionar públicamente. Se nos dijo que solo los expertos en psicología, pedagogía o educación tenían autoridad para abordar estos temas. Nos expulsaron de la conversación bajo el pretexto del sharenting, acusándonos de exponer irresponsablemente a nuestros hijos en redes sociales, mientras los medios seguían produciendo contenido sobre crianza sin que se les aplicara el mismo juicio, cómo fue el ejemplo de Supernanny o Hermano Mayor.

Un silenciamiento estructural

El silenciamiento de las madres en el ámbito digital no es un fenómeno aislado. Es un reflejo de las estructuras de poder que históricamente han marginado la voz de las mujeres en los espacios públicos.

Lo que comenzó como una comunidad de madres generando conocimiento en red fue rápidamente deslegitimado mediante etiquetas peyorativas, mientras los espacios que habíamos construido eran ocupados por profesionales ajenos a la comunidad que capitalizaron su valor. Se nos relegó al papel de meras receptoras de información, negándonos la condición de productoras de saber.

Este proceso responde a una lógica patriarcal que define qué voces tienen legitimidad en el discurso público. Cuando las madres hablaban entre sí, sin la mediación de instituciones tradicionales, su palabra era considerada un ruido molesto. Pero cuando ese mismo discurso fue apropiado por figuras con autoridad académica o institucional, se convirtió en conocimiento válido.

No se trata de quién sabe más, sino de quién tiene permitido hablar. Nos hicieron creer que sin un título no podíamos hablar de nuestra propia experiencia, cuando el conocimiento situado —aquel que nace de la vivencia— es insustituible y tiene un valor incalculable que no puede ser reemplazado por teorías abstractas.

Acoso digital y censura: las estrategias del poder

Mi salida de aquel espacio no fue voluntaria. Fui blanco de acoso, no solo de desconocidos, sino de personas cercanas que instrumentalizaron mi visibilidad para atacarme. Y no se trató únicamente de conflictos personales o malentendidos: sectores de la ultraderecha se sumaron al linchamiento digital, utilizando mi presencia pública como un arma para desacreditarme, atacarme y tratar de expulsarme del debate.

No toleraron que una mujer con ideas propias tuviera voz en la conversación. Intentaron deslegitimar mi discurso argumentando que «no tenía la formación adecuada». Ahora la tengo. Pero el hecho de haber necesitado títulos para que mi voz fuera tomada en serio no es una victoria, sino una indignante confirmación de que el conocimiento femenino sigue requiriendo validación externa.

No soportaron que hablara de feminismo, derechos digitales, empoderamiento, maternidad, tecnología y sociedad desde una perspectiva crítica. Y como no pudieron rebatir mis ideas con argumentos, recurrieron a tácticas más cobardes: la difamación, la tergiversación de mis palabras y la invasión de mi privacidad.

Lo más perverso es que usaron mi propia visibilidad —algo que construí con esfuerzo— en mi contra. Como si, por compartir mi conocimiento y mi experiencia, hubieran adquirido el derecho de juzgarme, de manipular mi imagen y de decidir sobre mi permanencia en el ámbito público.

Resistencia y reconstrucción

Pero aquí estoy. No lograron su objetivo. Sí, sufrí. Y sí, en su momento pensé que alejarme era la única salida. Pero el tiempo me ha demostrado que mi voz es más fuerte que sus intentos de censura.

Porque lo que me hicieron fue un acto de violencia, pero mi respuesta es un acto de resistencia.

Cada vez que una mujer se levanta tras ser atacada, desmonta el sistema que intenta silenciarnos.

No me voy a ir. No importa cuántos intenten desacreditarme ni cuántas veces traten de hacerme dudar. Vuelvo con la certeza absoluta de que pertenezco aquí, con el conocimiento, la fortaleza y el respaldo de quienes creen en la libertad de pensamiento y en el derecho de las mujeres a hablar sin miedo.

Una declaración de principios

Mientras todo esto sucedía, avancé en mi camino hacia la profesionalización. Mi formación en Educación Social, mi trayectoria investigadora y mis estudios en Psicología, Derecho, OSINT y Criminología me han permitido legitimar mi voz en los mismos debates de los que fui excluida. Pero el hecho de que haya necesitado credenciales para validar lo que siempre defendí me resulta indignante.

Porque la verdad es que no debería necesitar un título para decir lo que siempre he dicho.

A pesar de ello, sigo defendiendo lo mismo:

  • Una maternidad respetuosa, donde las decisiones de las madres sean escuchadas y valoradas.
  • Una crianza basada en el respeto a la infancia, lejos de discursos normativos.
  • El derecho de los niños y las niñas a usar la tecnología de forma autónoma y segura.
  • La inclusión de mujeres en los espacios digitales, especialmente de aquellas con menos acceso a la tecnología.
  • El empoderamiento económico y médico de las mujeres, sin paternalismos ni restricciones arbitrarias.
  • La educación como herramienta para el bienestar y la autodeterminación.

Un espacio de pensamiento y acción

Este blog no es solo un regreso. Es una declaración de principios.

Será un espacio de reflexión, pensamiento crítico y resistencia. Aquí hablaré sin concesiones ni filtros impuestos. Analizaré cómo se han transformado los discursos sobre las mujeres en Internet, cómo ciertos sectores han intentado despojarnos de nuestras propias narrativas y cómo podemos recuperar el derecho a hablar en nuestros propios términos.

Pero, sobre todo, este blog será un espacio de construcción. No quiero que sea solo un lugar de denuncia, sino también de propuesta. Un sitio donde podamos pensar juntas, compartir conocimiento y validar nuestras experiencias.

Vuelvo con más fuerza, con más claridad y con más ganas que nunca. Y esta vez, con una certeza inquebrantable:

No me volveré a ir.