Food noise, GLP-1 y el hambre en la era de la distracción

Imagen de Eva González Mariscal

Eva González Mariscal

Construyo proyectos digitales y exploro la intersección entre educación, psicología y derecho. Como investigadora, me interesa crear narrativas que conecten la tecnología con el pensamiento crítico y la transformación social.

Empiezo a sospechar que durante años he llamado hambre a cosas que no eran exactamente hambre. O que lo eran, pero no solo era eso. Lo escribo con cierta incomodidad, porque hablar de comida cuando se ha vivido en un cuerpo gordo siempre parece obligarte a escoger entre dos lugares igualmente estrechos: o confiesas una falta —comía mal, comía demasiado, me faltaba voluntad— o te defiendes de ella como si estuvieras en un juicio. Y quizá el problema empieza ahí, en que hemos aprendido a pensar la obesidad con un vocabulario demasiado pobre para una experiencia demasiado compleja.

Durante mucho tiempo la comida estuvo en mi cabeza de una forma difícil de explicar. No lo detectaba como una obsesión, era más bien como si hubiera una disponibilidad mental. Una especie de presencia. Algo que podía aparecer al final de una tarea, en mitad de otra, cuando estaba cansada, cuando no conseguía concentrarme, cuando el día se hacía demasiado largo o demasiado informe. La comida entraba en esos huecos con una facilidad que ahora me resulta llamativa. Era pausa, recompensa, interrupción, consuelo, promesa de orden durante unos minutos. También era placer, claro, y cultura, y casa, y cuerpo. Pero había otra capa menos amable: la comida como ruido.

Lo extraño del ruido es que mientras está sonando una se acostumbra. No se vive como ruido, sino como paisaje. Se incorpora a la identidad. Yo soy así. A mí me cuesta. Yo necesito picar. Yo funciono de esta manera. Yo tengo ansiedad. Yo no sé parar. La frase cambia, pero la estructura es la misma: una acaba confundiendo un fenómeno con una característica personal.

Por eso el food noise, ese término que ahora empieza a circular para nombrar los pensamientos persistentes sobre comida, me interesa cada vez más. Creo que muchas personas solo podemos reconocerlo cuando desaparece. Antes de la ausencia, era casi imposible separarlo de una misma. Después, en cambio, se vuelve visible con una claridad que da bastante miedo. Algo se apaga y una comprende que llevaba años oyéndolo, que era desagradable, que te quitaba la paz mental, que te causaba ansiedad y tienes miedo de que reaparezca.

En mi caso, esa comprensión llegó con los GLP-1. He perdido treinta kilos, y sería absurdo fingir que esa cifra no importa. Importa porque cambia el cuerpo, cambia la energía, cambia la ropa, cambia la mirada ajena y cambia también la forma en que una se mueve por el mundo. Pero me interesa cada vez menos escribir sobre el peso como relato. Me interesa mucho más lo que ocurrió alrededor del peso, o debajo de él, o antes incluso de que pudiera medirlo: la comida empezó a ocupar menos pensamiento.

Piensa que la gente cuando deja los GLP-1 tiene miedo a volver a engordar, y en cierta parte es verdad. Pero lo que da más miedo es que vuelva con más fuerza el ruido de la comida, de lo que podamos soportar.

Ese fue el verdadero descubrimiento.

No lo viví como una épica de superación, más bien con alivio primero y con miedo después. Había más espacio. Podía estudiar más tiempo sin que apareciera esa necesidad difusa de levantarme a buscar algo. Podía distinguir mejor entre hambre, cansancio, ansiedad, aburrimiento o simple saturación. La comida dejó de funcionar tantas veces como salida lateral. Y entonces empecé a preguntarme si una parte de lo que yo había vivido como hambre estaba relacionada con otra cosa: con la atención.

Estoy terminando Psicología y preparo una investigación doctoral que empieza a organizarse precisamente en torno a estas preguntas. Tal vez por eso me cuesta mirar mi experiencia solo como paciente o solo como mujer que adelgaza. Hay una parte de mí que observa, compara, recuerda, sospecha. Y en esa observación aparece una idea que todavía no quiero convertir en conclusión, pero que cada vez me parece más fértil: quizá una parte del food noise contemporáneo sea hambre atravesada por la distracción.

Vivimos en una época que ha convertido la interrupción en ambiente. El móvil no solo interrumpe la vida: muchas veces la organiza. Las redes, los mensajes, las tareas abiertas, los vídeos cortos, el trabajo fragmentado, la multitarea que se vende como eficiencia y se vive como agotamiento. La mente salta de un estímulo a otro y ese salto permanente acaba pareciendo normalidad. Lo inquietante es que quizá hemos llamado normalidad a una forma cotidiana de desregulación.

La comida entra ahí con una eficacia muy antigua. Frente a una tarea difícil, ofrece una recompensa inmediata. Frente a la dispersión, ofrece un objeto claro. Frente al cansancio mental, ofrece sensación. Frente a una tarde sin forma, ofrece un pequeño acontecimiento. Comer puede ordenar unos minutos de caos interno. Puede dar una pausa cuando una no sabe descansar. Puede convertirse en una forma de atención prestada al cuerpo cuando la mente está demasiado rota para sostener otra cosa.

Me interesa mucho esta idea porque desplaza el problema. La pregunta deja de ser solo por qué comemos más de lo que necesitamos y empieza a ser también qué tipo de vida necesita tanto alivio rápido. Qué le pasa a una mente cuando no consigue entrar en foco. Qué ocurre cuando la recompensa inmediata está siempre disponible. Qué relación hay entre la comida, la dopamina, la ansiedad, la fatiga y el entorno digital. Qué parte de la obesidad contemporánea se cocina, nunca mejor dicho, en una economía de la atención.

Estos meses, preparando una de las oposiciones de informática más difíciles que existen en España, he observado algo que ya conocía pero no había pensado del todo. Cuando entro en estudio profundo, cuando logro ese estado de concentración en el que la tarea absorbe casi todo, la comida pierde presencia. Es verdad que el examen activa el cuerpo, y que la adrenalina tiene su papel. Pero hay algo más. Cuando estoy dentro de una tarea con suficiente intensidad, el hambre mental pierde hueco. No desaparece el cuerpo; se reduce la interferencia.

Al recordarlo, me di cuenta de que muchas veces había adelgazado en épocas de exámenes. Durante años lo expliqué como estrés. Ahora me parece una explicación incompleta. Había estrés, sí, pero también había foco. Había una amenaza externa, una fecha, un objetivo, una estructura. Había una mente ocupada en sobrevivir intelectualmente a una prueba. Y quizá, mientras duraba ese estado, la comida dejaba de ser el estímulo principal porque había otra cosa capturando la atención.

Aquí aparece inevitablemente el flujo. Csikszentmihalyi describió ese estado de implicación profunda en una actividad en la que se combinan concentración, desafío y sentido. Se ha hablado mucho del flujo como una forma de bienestar, incluso de felicidad, aunque a mí me interesa más como experiencia de presencia. En el flujo, una no necesita buscar estímulos todo el tiempo porque está dentro de algo. La atención deja de estar mendigando recompensas pequeñas.

Desde ahí, el food noise puede leerse de otra manera. Tal vez aparece con más fuerza cuando falta flujo, cuando la vida queda hecha de interrupciones, cuando las tareas pesan pero no absorben, cuando el descanso no descansa y el ocio se convierte en scroll. La comida, entonces, puede ocupar el lugar de una concentración que no llega. Puede hacer de sustituto corporal de una presencia perdida.

El TDAH añade otra capa a esta sospecha. A medida que estudio Psicología y preparo mi investigación, me reconozco más en ciertos patrones que antes habría explicado con palabras más vagas: dispersión, hiperfoco, cansancio mental, búsqueda de estímulo, dificultad para sostener tareas que no enganchan, una vida entera compensando con exigencia lo que quizá era una dificultad atencional. En mujeres, además, el TDAH ha sido demasiadas veces invisible porque se ha buscado con un molde masculino: el niño que molesta, que se levanta, que interrumpe, que hace ruido por fuera. Muchas mujeres han hecho el ruido por dentro.

Y si el ruido va por dentro, se disfraza mejor. Se llama ansiedad, desorden, intensidad, sensibilidad, falta de constancia, hambre emocional. Se llama “tengo que organizarme mejor”. Se llama culpa. Se llama cansancio. Se llama comer.

No quiero convertir todo esto en una equivalencia simple entre TDAH, obesidad y food noise. Sería una torpeza científica y una falta de respeto a la complejidad de cada historia. Pero sí creo que hay un territorio común que merece atención: regulación, recompensa, impulsividad, hiperfoco, fatiga, estímulo, cuerpo. No es casual que durante años algunas personas adelgazaran con fármacos estimulantes utilizados en el TDAH o con medicamentos que actuaban sobre la activación y el apetito. Esa historia tiene zonas oscuras y exige prudencia, pero también deja una pregunta interesante: ¿qué parte de la alimentación desregulada está vinculada a sistemas de atención y recompensa, y no solo al estómago?

Los GLP-1 llegan desde otro lugar, pero la experiencia subjetiva que muchas personas describimos tiene un punto desconcertante: baja el volumen. Baja la comida como pensamiento disponible. Baja la urgencia. Baja la necesidad de negociar internamente con el deseo. El cuerpo se sacia antes, pero la mente también parece quedar menos colonizada por la señal alimentaria.

En mi caso, ese silencio no ha cerrado la pregunta; la ha abierto. Si un fármaco puede reducir el food noise, si el foco intenso también lo reduce, si el entorno digital lo amplifica, si las mujeres con posibles rasgos atencionales hemos aprendido a vivir compensando hasta el agotamiento, entonces quizá necesitamos pensar la obesidad con más capas. Metabolismo, sí. Hormonas, sí. Industria alimentaria, sí. Estrés, clase social, género, sueño, trauma, crianza, pantallas, trabajo, culpa. Y atención. También atención.

La atención es política porque alguien la captura. Es económica porque alguien gana dinero con ella. Es corporal porque su agotamiento se siente en el cuerpo. Y quizá es también alimentaria porque una mente fragmentada busca regulación donde puede.

Me gustaría investigar esto sin convertir mi experiencia en dogma. Más bien al contrario: partir de ella como se parte de una pista. Algo me ocurrió con los GLP-1 que no cabe del todo en la palabra adelgazar. Adelgazar nombra el resultado visible, pero no nombra la extrañeza de descubrir que mi cabeza estaba más libre. Tampoco nombra la tristeza retrospectiva de pensar cuántos años interpreté como falla personal lo que quizá también era ruido, saturación, biología, entorno y desregulación.

Hay una violencia muy sutil en explicar la obesidad solo como suma de decisiones. Esa explicación tranquiliza porque deja el problema dentro del individuo. Pero el individuo vive en un mundo. Y este mundo está diseñado para interrumpir, tentar, acelerar, comparar, cansar, premiar rápido y dejar poco espacio para la presencia. En un mundo así, comer no siempre es un exceso; a veces es una forma torpe de volver a una misma durante unos segundos.

No sé todavía qué forma tendrá mi tesis. Sé que hay algo ahí. Una intuición que nace del cuerpo, pasa por el estudio y empieza a pedir método. Food noise, GLP-1, TDAH en mujeres, dopamina, distracción digital, flujo, obesidad. Todo parece demasiado grande y, a la vez, demasiado conectado como para dejarlo pasar.

Quizá por eso escribo este texto. Para marcar el punto exacto en el que una experiencia personal dejó de parecerme solo personal. Para decir que a veces el adelgazamiento no empieza cuando baja el peso, sino cuando se escucha por primera vez el silencio que había debajo del hambre. Para preguntarme si la salida, o una parte de la salida, no estará solo en comer menos, sino en recuperar una mente menos secuestrada.

El food noise me interesa porque no habla solo de comida. Habla de cómo vivimos dentro de nuestra cabeza. Y tal vez esa sea la pregunta: qué tipo de mundo hemos construido para que tantas personas necesiten comer, mirar el móvil, comprar, desplazarse de estímulo en estímulo, solo para soportar el ruido de estar vivas.